Uno no tenía demasiado éxito en esto de las
apuestas,
un
hobby como cualquier otro en el que había empezado
ya que le permitía seguir el deporte, una de sus pasiones,
con más emoción.
Uno simplemente había vivido en el mundillo de las apuestas
hasta entonces de
bonos que más tarde o temprano terminaban
por agotarse, hasta que empujado por su cada vez más
enfervorizada pasión por apostar, por ese placer de estar
siguiendo
eventos deportivos que hasta entonces no se
había planteado ni siquiera que existieran para ver si
conseguía esos
euros que le permitieran
seguir jugando,
se decidió a ingresar
10 euros de su bolsillo en una
casa de apuestas. Entró en una nueva dimensión.
Sentía que el dinero que jugaba ya no era
fictício, que
ahora había riesgo, que aunque no era mucha la
cantidad,
lo que hiciera a partir de ese momento iba en serio. Al
principio empezó
perdiendo, aunque luego se rehizo y logró
ganancias modestas. Pasaron las semanas y los meses con
Uno metido en esa vorágine que es la vida, y más concretamente
la
vida del apostante, aunque sea amateur, esa en que se
mezclan las alegrías y las penas, los días buenos y los
malos, en el mundo real y en el
mundo apostante.
Hasta que un buen día, Uno, no sabe muy bien como ni porque,
empezó a
acertar en todos los
pronósticos que hacía.
Ese momento de trance duró lo que dura un fin de semana
y le permitió
mulitiplicar su capital inicial por 10, ese
“finde”, Uno sintió que podía hacer lo que quisiera, que
apostase a lo que apostase, se alinearían los elementos de
tal manera que eso sucediese, se sintió por momentos una
especie de Dios o de Rey. El lunes por la mañana, el día
se levantó gris y Uno se marchó a la universidad, la racha
se truncó.
Todo había vuelto a la normalidad.
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